El incendio de Las Peñas de Riglos ha entrado en una nueva jornada crítica y, junto a la preocupación por el avance de las llamas, empieza a aflorar el malestar entre vecinos de algunos de los pequeños núcleos afectados por el fuego. Después de que este jueves buena parte de los esfuerzos se concentraran en evitar que las llamas alcanzaran los monasterios de San Juan de la Peña, habitantes de la zona reclaman que no se pierda de vista la protección de las localidades más pequeñas.
El jueves, la situación en San Juan de la Peña llegó a ser extrema. Las llamas alcanzaron el entorno de los monasterios y efectivos de la UME e INFOAR trabajaron para proteger el conjunto monumental. También se evacuaron bienes históricos del Monasterio Viejo, trasladados posteriormente al Museo de Huesca. Y esa misma noche, tuvieron que ser desalojados cuatro pueblos más.
Horas después de las advertencias de los vecinos de la zona de Santa María de la Peña, la situación volvió a complicarse por la noche. Santa María de la Peña, Triste, La Peña Estación y Yeste han terminado siendo evacuados, junto con Anzánigo y Atarés.
En concreto, este viernes se ha informado del desalojo de 9 personas en Santa María de la Peña, 44 en Triste, 70 en La Peña Estación, 4 en Yeste, 36 en Anzánigo y 8 en Atarés.
Estas seis localidades elevan a 18 los núcleos evacuados desde el comienzo del incendio y a cerca de 900 las personas que han tenido que abandonar sus casas. La evolución posterior da una dimensión especial a las preocupaciones trasladadas por los habitantes de la zona. No permite establecer una relación entre la distribución de los medios y las posteriores evacuaciones, pero algunos de los lugares sobre los que los vecinos estaban alertando han terminado entrando de lleno en la emergencia.
El fuego amenaza ahora el propio Puesto de Mando
La evolución del incendio ha dejado este viernes otra muestra de la enorme complejidad del operativo. La cercanía de las llamas al Puesto de Mando Avanzado ha obligado a suspender la comparecencia prevista del director de extinción, al desaconsejarse la presencia de los medios de comunicación en el entorno.
Precisamente desde las localidades próximas al origen del incendio se observa ahora cómo el fuego vuelve a amenazar una zona en la que comenzó esta emergencia el pasado lunes.
El incendio supera ya las 10.000 hectáreas calcinadas y ha obligado a evacuar 18 localidades, con cerca de 900 personas desalojadas. Este viernes se ha ordenado la salida de Santa María de la Peña, Triste, La Peña Estación, Yeste, Anzánigo y Atarés, que se suman a los doce núcleos evacuados anteriormente.
Una vecina de la zona ha explicado a Prisma Norte que la inquietud comenzó a crecer este jueves, cuando observaron de nuevo humo en el monte próximo a Santa María de la Peña, en un área que ya había resultado afectada al comienzo del incendio.
«Nosotros hemos sido siempre la cola del incendio. Ayer los vecinos empezamos a ver humo en el monte de Santa María, que ya se había quemado en parte el lunes. Al verlo avisamos al puesto de mando, pero los aviones fueron hacia San Juan de la Peña», relata.
Según su testimonio, los habitantes de estos pequeños núcleos eran conscientes de la enorme gravedad que estaba adquiriendo el incendio y de la necesidad de proteger San Juan de la Peña, pero consideran que también debía mantenerse la vigilancia sobre las zonas por las que el fuego ya había pasado.
«Entendemos que es un fuego muy virulento, que está atacando a muchas poblaciones, pero reclamamos que a las poblaciones pequeñitas que estamos allí también se nos atienda», señala.
«Que uno de esos aviones descargue aquí»
Los vecinos consultados no cuestionan la necesidad de proteger un patrimonio de semejante importancia. Lo que plantean es si, al mismo tiempo, podrían haberse destinado más recursos a controlar los puntos que comenzaban a reactivarse junto a sus localidades.
«Sí que sentimos que hay que establecer prioridades y que hay que salvar el patrimonio, pero nosotros lo estábamos viendo. Y ellos también», sostiene esta vecina. Su petición durante aquellas horas era muy concreta: «Uno de estos aviones que va a San Juan de la Peña, que descargue aquí y apague esto».
Se trata de la percepción y el relato de vecinos afectados por la emergencia, no de una constatación sobre cómo se distribuyeron los medios de extinción. En un incendio de estas dimensiones, la asignación de recursos terrestres y aéreos corresponde a la dirección de extinción y puede modificarse continuamente atendiendo a la evolución del fuego, el riesgo para la población y la seguridad de los propios equipos.
El malestar llega también desde Santa Cruz de la Serós
La sensación expresada por estos vecinos también ha encontrado eco en Santa Cruz de la Serós, una de las localidades evacuadas por el avance del incendio.
Su alcaldesa, Marifé Vinacua, ha manifestado públicamente su malestar por la situación vivida durante la jornada del jueves y por la concentración de esfuerzos en la defensa del conjunto monumental. «Sin pueblos y sin vecinos protegidos de poco sirven los monumentos», señaló Vinacua en declaraciones a Cadena SER.
La alcaldesa ha defendido la importancia de San Juan de la Peña, estrechamente vinculado a su municipio, pero considera que los pequeños núcleos también necesitan sentirse protegidos cuando el fuego amenaza directamente sus viviendas.
Santa Cruz de la Serós fue desalojada el jueves después de permanecer previamente en situación de prealerta. La evacuación coincidió además con pleno mes de agosto, cuando alojamientos turísticos y segundas residencias elevan considerablemente la población habitual de la localidad.
Seis nuevos núcleos evacuados
El incendio continúa activo después de superar las 10.000 hectáreas calcinadas, con cientos de efectivos trabajando para contener unos frentes cuya evolución continúa condicionada por las altas temperaturas, el viento y la enorme superficie afectada.
Mientras prosigue la lucha contra uno de los incendios más graves registrados este verano en Aragón, en los pequeños pueblos afectados empieza a escucharse una reivindicación común: proteger el patrimonio, pero sin que quienes viven junto a él sientan que sus pueblos quedan en un segundo plano.











