El 7 de agosto de 1996 marcó para siempre la vida de Ander Zubillaga. Tenía apenas seis años cuando la riada arrasó el camping Las Nieves de Biescas. Tres décadas después, aquel niño ha transformado sus recuerdos en una composición instrumental que busca mantener viva la memoria de las víctimas y supervivientes. Biescas es un viaje emocional narrado con una guitarra, acompañada por más instrumentos que evocan el sonido de la lluvia y sin necesidad de palabras.
Hoy, con motivo del 30º aniversario de la tragedia, hablamos con él sobre los recuerdos de aquel día, el proceso creativo y el poder de la música para expresar aquello que, a veces, resulta imposible contar.
Han pasado 30 años. ¿Cómo es tu recuerdo de aquel 7 de agosto?
Era la primera vez que íbamos a ese camping. Habíamos comprado la caravana apenas seis días antes y, después de Biescas, teníamos pensado seguir las vacaciones en otro camping. Recuerdo que era un día tranquilo, estábamos disfrutando de la piscina y jugando al ping-pong. Al mediodía ya se veía que venía tormenta y fuimos a Jaca a comprar una mesa. Cuando volvimos empezó a llover y nos metimos en la caravana. Estábamos jugando a las cartas cuando comenzó a granizar.
Entre las parcelas había una especie de carretera por la que empezaba a bajar agua y mi hermano bromeó diciendo: «Mira, aita, casi se puede hacer surf». Al poco rato siguió mirando por la ventana y nos avisó de que venía una ola. En ese momento mi padre decidió salir corriendo hacia el edificio de los baños, que estaba a unos cincuenta metros. Mi padre nos subió a una viga de hormigón que había en el techo y allí nos refugiamos hasta que pasó todo y nos rescataron.
Después nos llevaron al polideportivo de Biescas y más tarde nos acogió una familia de Zaragoza que veranea allí. A día de hoy seguimos teniendo una relación muy estrecha con ellos e intentamos reunirnos todos los años.
El coche pudimos recuperarlo porque se quedó entre unos troncos, pero la caravana nunca apareció.
¿En qué momento sentiste que estabas preparado para transformar esa experiencia en música?
Fue algo bastante repentino. Hace tres o cuatro años empecé mi proyecto en solitario, después de haber tocado en varios grupos. Un día estaba en casa de mi madre, que también toca la guitarra, y me salió la melodía inicial. Sentí algo muy especial y pensé que tenía que seguir desarrollando esa idea.
La composición salió muy rápido. El primer día ya tenía prácticamente la mitad de la obra. Después decidí darle forma, contactar con otros músicos y producirla. Lo he grabado prácticamente todo yo y organizar un coro de treinta personas tampoco es sencillo. En total, el proyecto me ha llevado alrededor de un año.
¿Qué emociones esperas despertar en quien escuche Biescas?
Lo que intento es transmitir cómo viví aquel día. La pieza empieza de forma tranquila, como empezó aquella jornada. Después aparece la percusión simulando la lluvia y poco a poco va creciendo la tensión hasta llegar a la riada, que es cuando entra el coro. Al final vuelve a quedarse sola la guitarra, acompañada únicamente por el sonido de la lluvia y el silencio, que fue como terminó todo.
Como músico, no es fácil conseguir que una canción emocione de verdad. Esa era mi intención.
¿Fue más difícil recordar o convertir esos recuerdos en una narración musical?
Recordar no. En mi familia nunca ha sido un tema tabú. Lo hemos contado muchas veces y siempre hemos hablado de ello con naturalidad.
¿Hubo algún momento durante la composición en el que tuvieras que detenerte por la carga emocional?
Más que detenerme, ha sido como sacar algo que llevaba dentro desde hace mucho tiempo de la forma que mejor he sabido hacerlo.
Volviste al antiguo camping para grabar el videoclip. ¿Cómo fue ese regreso?
Durante estos treinta años había pasado muchas veces por allí de camino al Valle de Tena, pero nunca había parado. Cuando decidimos grabar el videoclip pensé que tenía que ser allí.
Busqué el edificio de los baños donde nos refugiamos y ya no estaba. Entonces el cámara eligió el lugar que le parecía más adecuado para grabar por las condiciones de luz y de paisaje. Más tarde descubrí que, precisamente, ese era el sitio donde estaba aquel edificio que nos salvó la vida. Fue un momento muy especial.
¿Cambió tu percepción del lugar después de volver?
Fui con un amigo que pilota drones y grabamos todo el recorrido de la bajada del barranco. Mientras lo veía pensaba: «Por aquí vino todo». Fue muy emocionante. Incluso hice una videollamada a mis padres para compartir ese momento con ellos.
La obra no tiene letra. ¿Crees que la música puede expresar cosas que las palabras no alcanzan?
Lo tuve clarísimo desde el principio. Quería que fuera instrumental. Aunque canto en directo, yo soy guitarrista y me preguntaba qué letra podría ponerse a una historia así. Al final entendí que no hacía falta. La música puede decir muchas cosas sin necesidad de palabras.
¿Sientes que esta composición ha sido también una forma de sanar?
Sí, totalmente. Nunca había pensado hacer una obra sobre este tema. Fue empezar a componer y darme cuenta de que aquello era diferente, que tenía algo especial. La terminé el pasado mes de julio y siento que ha sido una forma de cerrar un círculo y de rendir homenaje a todas las personas que vivimos aquello de una forma u otra, desde víctimas hasta vecinos y ayudantes.
Gracias, Ander, por acercarnos a través de la música a un recuerdo que forma parte de la memoria colectiva de Biescas. Treinta años después, has convertido tu experiencia en un homenaje lleno de sensibilidad a las víctimas y supervivientes, recordándonos la importancia de no olvidar. Mucha suerte con Biescas y con tu trayectoria y gracias por compartir una historia tan personal como emocionante.











