Sanguijuelas del Guadiana: «Volver de una gran ciudad a tu pueblo todavía se ve como un fracaso»

El trío revelación de la Siberia extremeña llega al escenario flotante de Pirineos Sur tras un ascenso vertiginoso
Sanguijuelas del Guadiana
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Hace solo un año, Sanguijuelas del Guadiana tocaba en la sala Coliseum de Almudévar. Este verano, el trío formado por Carlos Canelada, Juan Grande y Víctor Arroba regresa a Aragón para enfrentarse a uno de los escenarios más singulares del país: el escenario flotante de Pirineos Sur, sobre las aguas del embalse de Lanuza y rodeado por las montañas del Valle de Tena.

El salto parece enorme, pero es solo una fotografía más dentro de una trayectoria que se ha acelerado de manera vertiginosa. En apenas dos años, estos tres amigos de Casas de Don Pedro, un municipio de alrededor de mil habitantes de la Siberia extremeña, han pasado de ensayar y celebrar sus cumpleaños en una cochera a actuar en algunos de los festivales más importantes de España.

Su paso por la abarrotada Plaza del Trigo de Sonorama Ribera se convirtió en uno de los momentos más recordados del festival. A ello se suman el premio de la Academia de la Música a Mejor Nuevo Artista, conciertos multitudinarios y una gira, «Verbena en vena», que rondará las 200 actuaciones entre el pasado año y este 2026.

Sin embargo, detrás del fenómeno musical permanece intacta la historia de tres jóvenes que tuvieron que marcharse de su pueblo y decidieron regresar para dedicar un año entero a terminar el disco que llevaban tanto tiempo imaginando. Sus canciones hablan de emigración, despoblación, amistad, familia y orgullo rural sin haber nacido con una intención reivindicativa: simplemente cuentan lo que les ha ocurrido a ellos, a sus amigos y a sus abuelos.

Antes de su llegada a Pirineos Sur, Sanguijuelas del Guadiana habla con Prisma Norte sobre su crecimiento, la dificultad de volver al pueblo, la romantización del mundo rural y el reto de conservar la amistad cuando todo alrededor empieza a cambiar.

«Hace un año, tocar en Pirineos Sur era totalmente impensable»

—El verano pasado tocasteis en Almudévar, en la sala Coliseum. Solo un año después volvéis a Aragón para subiros al escenario flotante de Pirineos Sur. ¿Sois conscientes de todo lo que ha pasado en apenas doce meses?

—La verdad es que es muy fuerte todo lo que está pasando durante estos dos últimos años y no queremos normalizarlo, porque somos conscientes de la suerte que tenemos de poder vivir algo así. Tocar ahora en el escenario de Pirineos Sur es algo que nos emociona y que hace un año, como decís, era totalmente impensable.

—En muy poco tiempo habéis pasado por algunos de los grandes festivales del país, habéis recibido el premio a Mejor Nuevo Artista y habéis protagonizado conciertos que se han hecho virales. ¿En qué momento pensasteis por primera vez: «Esto se nos está yendo de las manos»?

—Para nosotros, la primera vez que cogimos una furgoneta porque nos habían llamado para tocar a cinco horas de nuestro pueblo ya fue como si se nos hubiese ido de las manos. En general, hacemos bastante el ejercicio de pensar día a día en todo lo que está pasando para no llegar a tener esa sensación, aunque, obviamente, hay veces en las que todo puede abrumar un poco.

—Venís de Casas de Don Pedro, un pueblo de alrededor de mil habitantes de la Siberia extremeña, y vais a tocar en otro territorio profundamente rural como el Pirineo. ¿Creéis que alguien que vive en un pequeño pueblo del Pirineo puede entender vuestras canciones de una manera diferente a quien las escucha desde una gran ciudad?

—La gran mayoría de las canciones están hechas desde un pueblo pequeño, así que está claro que alguien que vive esa realidad va a conectar de una manera distinta a quien las escucha desde una gran ciudad. Ni mejor ni peor, sino diferente. A quien las escuche desde la ciudad le provocarán una nostalgia difícil de igualar a la de quien las escucha desde el propio pueblo.

—Cantáis «Suerte la tuya de poder vivir onde naces». En el Pirineo muchos jóvenes se marchan a estudiar y nunca regresan porque no encuentran una vivienda o un trabajo que les permita quedarse. ¿Os preocupa que hayamos asumido como normal que para prosperar haya que abandonar el lugar en el que uno ha nacido?

—Siempre decimos que es aquello en lo que se ha educado a los jóvenes de hoy porque antiguamente tenía que ser así. Creemos que es algo completamente asimilado por los jóvenes y, cuando llega el momento, ni siquiera se plantean si quieren marcharse o no. Simplemente se van porque en su educación ya venía impuesto. Después, con el paso del tiempo, es muy difícil que la gente vuelva, porque también está visto como un acto de fracaso regresar de una gran ciudad a tu pueblo.

Regresar al pueblo para terminar el disco

—Vosotros hicisteis precisamente el camino contrario: volvisteis al pueblo, a casa de vuestros padres, y os disteis un año para hacer música. ¿Creéis que Sanguijuelas del Guadiana existiría hoy si os hubierais quedado en Madrid?

—Siempre decimos que no. Madrid no conseguía que nos centrásemos en la música. Entre lo rápido que pasa el tiempo, la cantidad de distracciones continuas y todo el dinero que hay que tener para cualquier cosa, se nos hacía imposible terminar esa idea que llevaba tantos años en nuestra cabeza, que era hacer un disco.

—Habéis dicho una frase muy potente: «En el pueblo no hay nada que te salve de ti mismo». Se habla mucho de la España rural desde una visión casi idílica, pero vosotros también contáis su parte más dura. ¿Qué es lo que más os molesta de esa romantización del pueblo desde las ciudades?

—No es que nos moleste, pero creemos que hay que ser consecuente con el discurso. Es como quien idealiza el campo: es muy bonito, pero también hay mierda. Con el pueblo lo vemos igual. Es muy tranquilo, tienes mucho tiempo para todo y el tiempo pasa mucho más despacio, pero, si no sabes utilizarlo, puede ser un arma de doble filo. No tener distracciones, cosas que hacer cada día y gente con la que estar a cada rato te obliga a enfrentarte a ti mismo y a aprender a llevarte de una forma que en una ciudad no es tan habitual.

—Vuestras canciones hablan de despoblación, emigración o falta de oportunidades, pero habéis explicado que nunca os propusisteis hacer música reivindicativa, sino simplemente contar vuestra vida. ¿Os ha sorprendido descubrir que vuestra propia historia era también la de tanta gente?

—La verdad es que no fue nada pensado ni llegamos a imaginar que tanta gente pudiera sentirse identificada con todo esto. Hacíamos canciones que hablaban de nosotros, de nuestros colegas que tuvieron que marcharse y de nuestros abuelos, que también se fueron muchos años atrás para buscarse la vida. Después, al pararnos a pensarlo, nos dimos cuenta de que todo el mundo tiene alguna vinculación con un pueblo, bien porque sus padres eran de allí o simplemente porque un verano, hace muchos años, se fue una semana con un amigo a las fiestas de su pueblo y todavía lo recuerda con nostalgia.

—Hay algo muy curioso en vuestros conciertos: conectáis con chavales de veinte años, pero también con sus padres e incluso con sus abuelos. ¿La música de raíz es quizá uno de los pocos lugares en los que todavía pueden encontrarse varias generaciones?

—Es algo que nos impresiona mucho y para lo que solo encontramos la explicación de la que hablábamos antes. Las canciones llevan a la nostalgia de algo que ya no está, tanto a los jóvenes como a los mayores, que recuerdan su juventud o el momento en el que tuvieron que marcharse a otro lugar para buscar una vida mejor lejos de su gente.

Una banda que nació en Casas de Don Pedro

—Empezasteis en la Banda Municipal de Casas de Don Pedro y recientemente le habéis donado 11.500 euros. ¿Qué parte de los músicos que sois hoy nació en aquella banda de vuestro pueblo?

—Todo nace allí. Nos dimos cuenta de que nos gustaba la música gracias a esa banda y creemos que es muy importante que estas formaciones de los pueblos pequeños no se pierdan. Si esa banda no existe, seguramente muchísimos niños y niñas no lleguen a descubrir nunca que les gusta la música.

—¿Qué sentisteis al ver la Plaza del Trigo de Sonorama completamente desbordada y a miles de personas cantando canciones nacidas en un pueblo de mil habitantes?

—Es algo que recordamos con especial cariño. Fue un día en el que se notaba la ilusión de todos al comprobar que algo estaba pasando y que la gente estaba conectando con las canciones de tres chavales de un pueblo pequeño. Es un día que recordaremos siempre.

—En aquel concierto compartisteis escenario con David Ruiz, Celia Romero y Antonio García, de Arde Bogotá. Hace no tanto erais vosotros quienes teloneabais a otros grupos. ¿Cómo se asimila un crecimiento tan rápido sin perder la perspectiva?

—Aunque desde fuera pueda parecer muy rápido, desde dentro todo es más lento y se ve de otra manera. En general, lo que hacemos cada día es pensar que todo lo que está pasando no es lo normal y que lo normal sería que siguiésemos tocando en bares o aprovechando cualquier descanso de la orquesta durante una verbena.

—Habéis contado que ahora lleváis de gira una escenografía que recrea la cochera en la que celebrabais cumpleaños y empezasteis a ensayar. ¿Es una forma de llevar Casas de Don Pedro con vosotros allá donde tocáis?

—La verdad es que sí. Siempre decimos que es nuestro lugar más seguro, donde empezamos a hacer música y donde conservamos los recuerdos de cada cumpleaños y de cada fiesta con nuestros amigos. Es una forma de sentirnos como en casa aunque llevemos un mes sin pisar el pueblo.

De la cochera al escenario flotante de Lanuza

—El escenario de Pirineos Sur es probablemente uno de los más singulares de España: flotante, sobre el embalse de Lanuza y rodeado de montañas. ¿Qué os han contado del festival y qué esperáis encontrar cuando lleguéis al Valle de Tena?

—Hemos visto muchos vídeos y actuaciones de gente que admiramos en este escenario. Estamos deseando llegar y poder disfrutar de un entorno así, además junto a una banda como La M.O.D.A., que también nos hace sentir como en casa.

—En apenas dos años vuestra vida ha dado, como vosotros mismos habéis dicho, un giro de 180 grados. ¿Qué hacíais antes de que Sanguijuelas del Guadiana se convirtiera en vuestro trabajo y qué pensabais que estaríais haciendo a estas alturas?

—Hace cuatro años, uno estudiaba Producción Audiovisual; otro, Sonido y Producción Musical, y otro, Administración y Dirección de Empresas. Supongo que, si hoy no existiese Sanguijuelas, estaríamos juntos en algún bar tocando, imaginando cómo hacer un disco y pensando en actuar en las fiestas de nuestro pueblo.

—Habéis hablado del miedo a no estar a la altura y, sobre todo, del miedo a convertiros en algo previsible. Después de un debut que ha conectado de esta manera con el público, ¿da vértigo pensar en el segundo disco?

—No creemos que tengamos miedo a lo siguiente. Como has dicho, sí que queremos evitar caer en lo previsible. Después, estar o no a la altura creemos que depende más de la gente que de nosotros. Estamos muy motivados para hacer música nueva y buscamos cualquier hueco para meternos en el estudio a componer.

—Con cerca de 200 conciertos entre dos giras, festivales enormes y cada vez más gente pendiente de vosotros, ¿cómo se protege la amistad de tres amigos de toda la vida dentro de una banda que está creciendo tan deprisa?

—Comportándonos igual que dentro del grupo de amigos de toda la vida. En un mundo en el que todo está tan profesionalizado y parece que hacer una gira sea como tener un trabajo de oficina, nosotros preferimos mantener la misma energía de grupo de amigos que siempre hemos tenido y, dentro de eso, intentar ser lo más profesionales posible.

—Y una última: del Guadiana al embalse de Lanuza, ¿las sanguijuelas se manejan bien en aguas pirenaicas?

—Vamos a ver cómo se da la cosa. Es nuestro primer atraco en unas aguas tan frías. Esperemos que se manejen bien.

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